"POR UNA EDUCACIÓN INTEGRAL"
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Todo lo que sabemos de San José, lo podemos entrever en la Biblia, especialmente en los evangelios de San Mateo y San Lucas.
Su silencio lo caracteriza y es precisamente a través de sus obras, de sus actos de fe, confianza, y sobre todo de su amor, lo que nos descubren a San José, como un gran santo.
Dios le encomendó ser el padre adoptivo del niño Jesús y esposo de la Virgen María, un privilegio y una gran responsabilidad, el santo custodio de la Sagrada Familia.
Vivió de forma sencilla, realizando en su vida cotidiana la misión que el Padre le había encomendado de la manera más perfecta posible, contribuyendo de este modo a la realización del proyecto de la salvación de Dios.
San Mateo narra que San José se había comprometido en ceremonia pública a casarse con la Virgen María. Pero que luego al darse cuenta de que Ella estaba esperando un hijo sin haber vivido juntos los dos, y no entendiendo aquel misterio, en vez de denunciarla como infiel, dispuso abandonarla en secreto e irse a otro pueblo a vivir. Y dice el evangelio que su determinación de no denunciarla, se debió a que "José era un hombre justo", un verdadero santo. Este es un enorme elogio que le hace la Sagrada Escritura. En la Biblia, "ser justo" es lo mejor que un hombre puede ser.
Nuestro santo tuvo unos sueños muy impresionantes, en los cuales recibió importantísimos mensajes del cielo.

En su primer sueño, en Nazaret, un ángel le contó que el hijo que iba a tener María era obra del Espíritu Santo y que podía casarse tranquilamente con Ella, que era totalmente fiel. Tranquilizando con ese mensaje, José celebró sus bodas. La leyenda cuenta que doce jóvenes pretendían casarse con María, y que cada uno llevaba en su mano un bastón de madera muy seca. Y que en el momento en que María debía escoger entre los 12, he aquí que el bastón que José llevaba milagrosamente floreció. Por eso pintan a este santo con un bastón florecido en su mano.

En su segundo sueño en Belén, un ángel le comunicó que Herodes buscaba al Niño Jesús para matarlo, y que debía salir huyendo a Egipto. José se levantó a medianoche y con María y el Niño se fue hacia Egipto.
En su tercer sueño en Egipto, el ángel le comunicó que ya había muerto Herodes y que podían volver a Israel. Entonces José, su esposa y el Niño volvieron a Nazaret.

La Iglesia Católica venera mucho los cinco grandes dolores o penas que tuvo este santo, pero a cada dolor o sufrimiento le corresponde una inmensa alegría que Nuestro Señor le envió.
El primer dolor: Ver nacer al Niño Jesús en una pobrísima cueva en Belén, y no lograr conseguir ni siquiera una casita pobre para el nacimiento. A este dolor correspondió la alegría de ver y oír a los ángeles pastores llegar a adorar al Divino Niño, y luego recibir la visita de los Magos de oriente con oro, incienso y mirra.
El segundo dolor: El día de la Presentación del Niño en el Templo, al oír al profeta Simeón anunciar que Jesús sería causa de división y que muchos irían en su contra y que por esa causa, un puñal de dolor atravesaría el corazón de María. A este sufrimiento correspondió la alegría de oír al profeta anunciar que Jesús sería la luz que iluminaría a todas las naciones, y la gloria del pueblo de Israel.
El tercer dolor: La huida a Egipto. Tener que huir por entre esos desiertos a 40 grados de temperatura, y sin sombras ni agua, y con el Niño recién nacido. A este sufrimiento le correspondió la alegría de ser muy bien recibido por sus paisanos en Egipto y el gozo de ver crecer tan santo y hermoso al Divino Niño.
El cuarto dolor: La pérdida del Niño Jesús en el Templo y la angustia de estar buscándolo por tres días. A este sufrimiento le siguió la alegría de encontrarlo sano y salvo y de tenerlo en sus casa hasta los 30 años y verlo crecer en edad, sabiduría y gracia ante Dios y ante los hombres.
El quinto dolor: La separación de Jesús y de María al llegarle la hora de morir. Pero a este sufrimiento le siguió la alegría, la paz y el consuelo de morir acompañado de los dos seres más santos de la tierra. Por eso invocamos a San José como Patrono de la Buena Muerte, porque tuvo la muerte más dichosa que un ser humano pueda desear: acompañado y consolado por Jesús y María.

El Evangelio de San Lucas 1: 26-38 describe la conversación entre San Gabriel y la Santísima Madre.
Al sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre que se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era María. Y se acercó a ella y le dijo: "¡Salve, llena de gracia, el Señor está contigo!" Pero ella estaba muy preocupada por el dicho, y pensó en su mente qué tipo de saludo podría ser este. Y el ángel le dijo: “María, no temas, porque has hallado gracia ante Dios. Y he aquí, concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y lo llamarás Jesús.
Este será grande y será llamado Hijo del Altísimo;
y el Señor Dios le dará el trono de David su padre,
y reinará sobre la casa de Jacob para siempre;
y su reino no tendrá fin”.
Y María dijo al ángel: "¿Cómo puede ser esto, si no tengo marido?" Y el ángel le dijo:
“El Espíritu Santo vendrá sobre ti,
y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra;
por eso el niño que nacerá será llamado santo,
el Hijo de Dios".”
Y he aquí, tu parienta Isabel en su vejez también ha concebido un hijo; y este es el sexto mes con la que fue llamada estéril. Porque para Dios nada es imposible”. Y María dijo: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Y el ángel se apartó de ella.

María no tuvo más hijos y permaneció virgen durante toda su vida. Así, en 649 el Concilio de Letrán declaró sin vacilar el dogma de la virginidad perpetua de María. Hasta la Reforma, ningún escritor cristiano ortodoxo sostenía que María tuviera hijos propios que no fueran el Señor.
El Catecismo de la Iglesia Católica (párrafos 499-501) explica,
La profundización de la fe en la maternidad virginal llevó a la Iglesia a confesar la virginidad real y perpetua de María incluso en el acto de dar a luz al Hijo de Dios hecho hombre. De hecho, el nacimiento de Cristo "no disminuyó la integridad virginal de su madre, sino que la santificó". Y así, la liturgia de la Iglesia celebra a María como Aeiparthenos, la "Siempre virgen".
En contra de esta doctrina, a veces se plantea la objeción de que la Biblia menciona a los hermanos y hermanas de Jesús. La Iglesia siempre ha entendido que estos pasajes no se refieren a otros hijos de la Virgen María. De hecho, Santiago y José, "hermanos de Jesús", son los hijos de otra María, una discípula de Cristo, a quien San Mateo llama significativamente "la otra María". Son parientes cercanos de Jesús, según una expresión del Antiguo Testamento.
Jesús es el único hijo de María, pero su maternidad espiritual se extiende a todos los hombres a quienes ciertamente vino a salvar: "El Hijo que dio a luz es aquel a quien Dios puso por primogénito entre muchos hermanos, es decir, los fieles en cuya generación y formación que coopera con el amor de una madre ".

El Domingo de Ramos en la Pasión del Señor representa el gran portal por el que entramos en la Semana Santa, un tiempo en el que contemplamos los últimos momentos de la vida de Jesús. Este Domingo recuerda la entrada de Jesús en Jerusalén acogido por una multitud festiva. Ya en el año 400 se realizaba en Jerusalén la procesión de las palmas.
La Santa Misa se caracteriza enteramente por el tema de la Pasión de Jesús: esto es particularmente cierto con el texto de los Evangelios, que presentan el relato de la Pasión según el año correspondiente. La primera lectura, tomada del libro del profeta Isaías (el Canto del Siervo del Señor, Isaías 50), se convierte en una oración en el Salmo 22, con el estribillo "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?". Un temor que, sin embargo, no impedirá a Jesús obedecer al Padre "hasta la muerte en la cruz", como recuerda el texto de Filipenses, elegido como segunda lectura.
La Semana Santa no es una celebración de "duelo" y "lamento", sino la semana que expresa el corazón del misterio pascual, cuando Jesús da su vida por nuestra salvación: por amor Jesús se hizo hombre, y por amor da su vida. En esta obediencia, Jesús ama al Padre y ama a los hombres que vino a salvar.
En el Domingo de Ramos se nos ofrece una interpretación de nuestra vida y destino. Cada una de nuestras penas y dolores encuentra una respuesta en Jesús: ante preguntas como por qué sufrir, por qué morir, por qué tomar tantas decisiones incomprensibles a los ojos humanos, Jesús no nos dio respuestas vagas, sino que con su vida nos dijo que está con nosotros, a nuestro lado. Hasta el final. Nunca estaremos solos en nuestra alegría y en nuestro sufrimiento. Jesús está allí.
Esta celebración pide ser entendida, más que con palabras, con silencio y oración; tratemos de entrar en ella con el corazón.
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Cuando Jesús llegó con sus discípulos a una propiedad llamada Getsemaní, les dijo: «Quédense aquí, mientras yo voy allí a orar».
Y llevando con Él a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse. Entonces les dijo: «Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense aquí, velando conmigo».
Y adelantándose un poco, cayó con el rostro en tierra, orando así: «Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya». (…)
Jesús estaba hablando todavía, cuando llegó Judas, uno de los Doce, acompañado de una multitud con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo.
El traidor les había dado la señal: «Es aquel a quien voy a besar. Deténganlo». (Mt 26,36-39,47-48)
Mientras Pedro estaba abajo, en el patio, llegó una de las sirvientas del Sumo Sacerdote y, al ver a Pedro junto al fuego, lo miró fijamente y le dijo: «Tú también estabas con Jesús, el Nazareno».
Él lo negó, diciendo: «No sé nada; no entiendo de qué estás hablando». Luego salió al vestíbulo.
La sirvienta, al verlo, volvió a decir a los presentes: «Este es uno de ellos». Pero él lo negó nuevamente. Un poco más tarde, los que estaban allí dijeron a Pedro: «Seguro que eres uno de ellos, porque tú también eres galileo».
Entonces él se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre del que estaban hablando. En seguida cantó el gallo por segunda vez. Pedro recordó las palabras que Jesús le había dicho: «Antes de que cante el gallo por segunda vez, tú me habrás negado tres veces». Y se puso a llorar. (Mc14,66-72)
Cuando llegaron al lugar llamado «del Cráneo», lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Después se repartieron sus vestiduras, sorteándolas entre ellos.
El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: «Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!».
También los soldados se burlaban de Él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: «Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!».
Sobre su cabeza había una inscripción: «Este es el rey de los judíos».
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».
Pero el otro lo increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que Él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero Él no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino».
Él le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso».
Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del Templo se rasgó por el medio.
Jesús, con un grito, exclamó: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Y diciendo esto, expiró. (Lc 23,33-46).
Señor Jesús,
en medio de una multitud festiva
has venido a Jerusalén.
Obediente hasta el final,
entregas tu espíritu al Padre,
dando tu vida para salvarnos.
Las bocas de los que hoy
te aclaman "Hijo de David",
mañana gritarán: "Crucifícalo".
Los mismos discípulos que prometieron
quedarse contigo hasta el final, te abandonan.
¿Y yo, Señor?
Me parece que me cuesta seguir tu ritmo.
Me parece que la oración
es difícil de decir.
Tartamudeo. Me detengo. Reflexiono.
Me doy cuenta de que, como Judas, estoy preparado
para traicionar al Amor con gestos de amor.
Como Pilatos, estoy preparado
para defender la verdad,
siempre que no tenga que pagar yo las consecuencias.
Como Pedro, estoy preparado
para hacerte muchas promesas,
pero estoy igualmente dispuesto a abandonarte.
Como los discípulos, estoy preparado
para jurarte lealtad,
y luego desaparecer en el anonimato.
También descubro que...
como María, la dolorosa,
en silencio, puedo acompañarte con mi corazón herido
a lo largo de tu via crucis.
Como el discípulo amado,
con María, sé quedarme contigo,
al pie de la cruz.
Como el buen ladrón,
sé reconocer mis errores
y encomendarme a tu corazón misericordioso.
Como el centurión,
sé reconocer
que Tú eres mi Señor y mi Dios.
Jesús, Hombre de la Cruz,
Hijo y hermano,
¡Ten piedad de mí!
Ayúdame a caminar detrás de Ti.
Contigo.
Para vivir en Ti y por Ti.

Algunos solo se reciben una vez, mientras que otros se celebras frecuentemenete

"El bautismo es nuestro nacimiento como hijos de la Madre Iglesia"
Papa Francisco

La confirmación es el punto de encuentro en el que Dios te fortalece con su Espíritu Santo para el Servicio en el Reino de Dios

Es un punto de encuentro con Dios. Recibes el cuerpo de Cristo y asi mismo te haces parte de él.

Ora: Señor, ¡ven a mí!
¡Ven a mi corazón!
¡Ven y fortaléceme!
¡Hazme fuerte, cariñoso, valiente y fiel!
Señor, estoy preparado para recibirte.

"Dios nos ama tal como somos. Pero él nos ama demasiado para dejarnos tal como somos"
Santa Teresa de Ávila

Ecuentro en el que Dios viene en ayuda de las personas enfermas y debilitadas.

"Cualquiera puede ser papa... La mejor prueba soy yo mismo"
San Juan XXIII

"Las cosas mas grandes del mundo (la vida, el amor, Dios) no pueden adquirirse, solo recibirse como un don"
Papa Benedicto XVI
Secundaria Pacelli Tlaxcala
Camino de Jesús N° 04. San Pablo Apetatitlán de Antonio Carvajal. Tlaxcala. C.P. 90600 secundariatlax@pacelliweb.com
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